Viaje a la Cuba musical

En esta entrada del Arrabal Musical quería que alguien nos contara su experiencia y andanzas en lo relacionado con la música. Lo hablé con un gran amigo de los de toda la vida aka “Ruy Ibeas de Palomares“, y dejó constancia en este diario de los sonidos y melodías de su cuarto viaje a las Américas.

Corría el mes de agosto del año 2014 de la era cristiana. Cuando fui informado de mi nueva aventura a las lejanas tierras de la Isla de Cuba, para tal menester me acompañaría  Andrés Amayuelas, el que sería mi acompañante espiritual al igual que ya lo había hecho anteriormente en otras expediciones.

Una vez en la perla de las Antillas, me invadió una sensación indescriptible, que te transporta décadas al pasado, grandes palacios y casas blasonadas, raros y antiguos vehículos nunca vistos en la península, un incesante ir y venir de gentes atareadas con mil y un quehaceres, pero lo más importante fue el sonido, de entre la marabunta de gentes sobresalían melodías por aquí y por allá, músicos ambulantes  buscando fortuna, ancianos con sus instrumentos pasando las tardes, jóvenes practicando para alcanzar algún día su sueño, algo que no vi en anteriores misiones, ni aquí en el Caribe, en las islas de Puerto Rico o la Española, o en la lejana Europa, Rumania, Flandes, Inglaterra, Irlanda o Alemania, esa variedad de sonidos que embriagan el espíritu, sus gentes alegres que disfrutan al son de los acordes de su aciaga vida.

Cubano tocando la trompeta

Trompetas, saxos, violines y más de estos lares, las conocidas maracas, unos palos que llamas cubos, que se empezaron a utilizar en los arsenales para la reparación y construcción de barcos que existía en La Habana y que en origen eran simples clavos de madera, el güiro que es una cáscara de una calabaza con ranuras en paralelo sobre su superficie. Se sujeta con la mano izquierda, utilizando la mano derecha se raspan las ranuras, las congas una especie de tambores traídos por los esclavos del África, y los bongos, o unas guitarras rústicas de tres cuerdas dobles y una caja de madera llamado tres cuerdas, son parte de los artilugios que utilizan para crear dichos sonidos.

El primero de aquellos instrumentos que conocí, fueron los cubos criollos, creo que fue el cuarto día de viaje, cuando nos dirigimos hacia el oeste de la Habana había Pinar del Río y Viñales, donde vi como una anciana tocaba dicho instrumento el cual me maravilló por su sencillez, dicha señora me enseñó a tocarlo, y lo adquirí después de dar unos pesos por ellos, puesto que creía que sería un buen regalo para nuestro amigo Javier Pérez Aguilar, viejo amigo de correrías en nuestra ya lejana infancia en las remotas tierras de la cabeza de Castilla. También aquella ocasión pude apreciar un indio tocando una especie de concha marina a modo de cuerno antes de iniciar sus danzas tribales cerca de la pequeña aldea de Viñales.

Músicos cubanos improvisando en la calle

Tras recorrer varias tierras de la isla de Cuba, San Cristobal de la Habana, Matanzas, Viñales, Pinar del río, Cienfuegos, Varadero; recordaré esas tardes con un café cargado o un ron añejo, un buen tabaco cubano elaborado por manos expertas, mi sombrero de paja que tanto quita el sol como sirve de improvisado abanico, escuchando habaneras, rumbas o salsa, jazz o son cubano, danzón o música clásica.

La diversidad y la riqueza musical de esta tierra se ve en las grandes figuras que dejaron para la humanidad, como Beny Moré, Celia Cruz, Miguel Matamoros, Ignacio Piñeiro, Arsenio Rodríguez, Monguito, Miguelito Cuní, Pérez Prado, Félix Chapotín, Bebo Valdés, Dúo Los Compadres, Compay Segundo, Celina & Reutilio, Ibrahim Ferrer, Silvio Rodríguez, Ernesto Lecuona, Pablo Milanés, Omara Portuondo, César Portillo de la Luz y Chucho Valdés…

Pero ya en España, en mi fría y áspera ciudad, sentado en mi escritorio en mi viejo solar de Palomares, escribo estas líneas con la nostalgia de alguien que espera que algún lejano día, le permita regresar a aquellas remotas tierras.

Espero os haya gustado el viaje a la Cuba musical, que nos ha relatado mi amigo Rodrigo.

¡Hasta otra!

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